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2152. 2009. Gabriela Piagentini y Constanza Sozzani. Generalización del consumo de psicofármacos: una aproximación a la crisis del régimen de verdad humanista. Análisis del modo en que fue abordado el tema por Clarin y La Nación 2002-2007. Tutor: Pablo Rodríguez.

 

Piagentini y Sozzani (2009) analizan cómo se abordó la generalización del consumo de psicofármacos en artículos publicados en los diarios Clarín y La Nación entre los años 2002 y 2007, indagando cuáles son las concepciones del hombre que subyacen en los artículos publicados  y qué  transformaciones “tuvieron lugar en el discurso sobre consumo de psicofármacos en Argentina”. Las autoras parten de las tesis de las postdisciplinas y el posthumanismo, “sin que esto vaya a implicar extraer conclusiones acerca de la existencia de una nueva sociedad posthumanista y/o postdisciplinaria”. En el marco teórico, por lo tanto, apelan a una serie de autores cuyas posturas en torno al humanismo son discutidas en la Carrera de Ciencias de la Comunicación dictada en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, como Foucault, Heidegger y Sloterdijk (principalmente en el Seminario de Informática y Sociedad[1]).



Respecto al problema específico del consumo de psicofármacos, retoman los desarrollos de Franco Berardi en Generación Post-Alfa, donde se sostiene que en la transición hacia nuevas sociedades postindustriales –a partir de la década del setenta- y la difusión de tecnologías microelectrónicas que implicaron la activación de redes cada vez más complejas de distribución de la información, se estaría ante un nuevo escenario psicológico. Los individuos, siguiendo esta tesis de Berardi, no se encontrarían en condiciones de elaborar la inmensa y creciente masa de información con la que se enfrentan diariamente, teniendo esta aceleración semiótica por efecto a una saturación de la atención. Esta saturación deviene patológica, según Berardi, “sólo cuando se desarrolla dentro del contexto económico, esto es, cuando la información se presenta como un instrumento de competición”. En este mismo sentido, también opera el desplazamiento señalado por Paula Sibilia en El Hombre Postorgánico: en lugar de los “cuerpos adiestrados de la era industrial como fuerza mecánica de trabajo corporal, hoy el privilegio del empleo se les ofrece a las almas capacitadas. Es decir, aquellas subjetividades equipadas con las cualidades volátiles más cotizadas en el mercado laboral contemporáneo, tales como la creatividad, la inteligencia y las flexibles habilidades comunicativas (sobre todo estas últimas)” (Sibilia, 2005: 215, citada por Piagentini y Sozzani). Las nociones de régimen de verdad y síntoma (de acuerdo a lo desarrollado por Sarchman en Los síntomas en una sociedad posthumanista) son utilizadas como vía de entrada a los objetivos de la investigación: “El síntoma es aquello que irrumpe en la superficie de lo social como “advertencia de que algo está funcionando mal” (Sarchman, 2004: 1). La primera reacción frente a su aparición es buscar su desvanecimiento, la restitución del equilibrio social. Esta actitud frente al síntoma es propia de un marco interpretativo humanista ya que la alarma y preocupación que genera se debe a que escapa a las categorías y herramientas que éste provee para entender al mundo. En tanto hegemónica, esta postura aparece masivamente representada en los discursos sociales”.Antes del análisis propiamente dicho, la investigación introduce la problemática de los psicofármacos en general a través de Simón Brailowsky (quien señala en su obra Las sustancias de los sueños: Neuropsicofarmacología que en 1949 comienza la edad de oro de la psocofarmacología, “que introdujo el uso generalizado de antipsicóticos, antidepresivos y tranquilizantes y se tradujo en un significativo descenso del número de internaciones psiquiátricas”) y en nuestro país en particular a partir de datos que emergen del propio corpus de análisis: “En lo que respecta a la venta de medicación para el sistema nervioso […] en el período que va del último cuatrimestre de 2001 al último de 2007, el crecimiento de la industria ha sido de un significativo 217%. Los saltos más importantes se dieron de 2001 a 2002 con un incremento del 49%, de 2003 a 2004 con un 41% y, por último, en 2007 con una suba del 31%, un 11% por encima del promedio del total de medicaciones”. Otros datos que emergen más adelante en el análisis del corpus, como elementos constitutivos del contexto, refieren a la doble presión que se ejerce sobre los médicos por parte de los laboratorios y por parte de los pacientes que buscan soluciones rápidas y, en consonancia con esta doble presión, la existencia de una propaganda médica no regulada que fomenta el consumo. Respecto al estado de la cuestión en el ámbito de la salud, afirman que pueden identificarse tres posiciones frente a la problemática del incremento del consumo de psicofármacos: la de las terapias de la palabra (donde podemos ubicar al psicoanálisis), que “no reniegan del uso de psicofármacos frente a casos en que el paciente presenta cuadros con altos grados de angustia o excitación, pero sí cuestionan su uso generalizado, “puesto que no es lo mismo usarlos para silenciar que para hacer posible que alguien esté en condiciones de hablar” y la de las terapias breves (representadas por las corrientes sistémica y cognitiva ambas vinculadas con la epistemología cibernética); la psiquiatría, cuyo régimen de verdad queda plasmado en los sucesivos Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (en las primeras versiones, por ejemplo, la homosexualidad era considerado un trastorno mental hasta que en una revisión de 1974 fue reemplazada por “perturbación de la orientación sexual”). Estos manuales, según Lucien Sfez son idénticos “al de los sistemas expertos informáticos y que su método de clasificación categorial, sumado a su pretensión a-teórica, “dan la ilusión (…) de una decisión ‘objetiva’, debidamente alcanzada por la exploración minuciosa de todas las posibilidades”; y entre ambos extremos un nuevo enfoque conciliatorio que busca reunir el psicoanálisis freudiano y la neurobiología y/o psiquiatría biologicista, cuyos principales fundamentos se hallan en la obra A cada cual su cerebro: plasticidad neuronal e inconsciente, de Francois Ansermet y Pierre Magistretti. Del análisis del corpus se observa que en el período 2004-2006 “comienza a cobrar preeminencia otro enfoque humanista, fundamentalmente de corte biologicista”. La explicación biologicista –sostienen las autoras- implica un avance del modelo médico, una creciente expansión de voluntades de verdad propias de las disciplinas biológicas a otros ámbitos hasta hace poco hegemónicos de la psicología: “Esta expansión es presentada como un “avance de la ciencia”, que a través del estudio del sistema nervioso y el ADN estaría desentrañando la “verdadera” causalidad genética de los trastornos mentales. Desde este abordaje, aspectos como la eficiencia y la rapidez en la obtención de resultados cobran un peso creciente: la prioridad es brindar al paciente un alivio instantáneo antes que reflexionar acerca de las causas psicológicas profundas detrás del malestar. Dado que, desde esta óptica, los trastornos se deben a desequilibrios químicos y/o hormonales, los psicofármacos resultan la mejor opción ya que apuntan específicamente a este desbalance y además constituyen una solución más rápida y precisa que la terapia. Si bien identificable desde 2002, esta postura aparece con mayor fuerza y frecuencia a partir de 2004, presentándose entonces a sí misma como novedosa, en el marco de “notas de elucidación” cuyo fin es presentar el nuevo modelo de hombre como un avance en el grado de conocimiento de la naturaleza humana”. El problema de la automedicación: también está presente en el corpus: el 60% de esta práctica se relaciona con el uso de psicofármacos, lo que representa un porcentual 10 veces superior al consumo de analgésicos. Se podría pensar que el control postdiciplinario –afirman Sozzani y Pagentini en relación a la problemática de los mecanismos de control social y las transiciones en curso- habrá terminado de instalarse el día que la automedicación –aún cuestionada por la propia psiquiatría, que promueve el uso de psicofármacos sólo cuando sea recetado por un médico- sea socialmente aceptada.


La tesis puede consultarse desde el repositorio oficial: http://repositorio.sociales.uba.ar/items/show/1539